Fue gracias a un curioso y tozudo investigador danés, el Profesor Schmit, que desde 1922 sabemos que tras alcanzar la madurez en lagos y corrientes de agua dulce, siguen el curso de los ríos y arroyos, deslizándose en ocasiones sobre la hierba mojada, hasta llegar al océano, donde nadan o se dejan arrastrar por las corrientes a lo largo de un año hasta llegar al mar de los Sargazos, entre las islas Bermudas y Puerto Rico, en una zona de alta salinidad. Allí desovan en aguas profundas donde la hembra produce hasta 20 millones de huevos de flotación libre. Los leptocéfalos que nacen de ellos son las larvas transparentes muy delgadas y similares a hojas que recuerdan muy poco a los adultos, que son arrastrados por la corriente del Golfo y tardan un año en llegar a Norteamérica y tres o cuatro en llegar a Europa. Una vez llegadas a las costas Europeas, ayudadas por la Corriente del Golfo, bajan desde los fiordos noruegos hasta alcanzar, unas las desembocaduras de los ríos de Galicia, de Asturias, Cantabria, del País Vasco español y francés, e incluso, más al Norte, el Garona y el Loira, ríos, por cierto, a los que acuden nuestros "mayoristas" de angulas para poder satisfacer a un altísimo porcentaje de la insaciable demanda del consumidor español, y otras, al llegar a nuestro Finisterre, cogen rumbo Sur y se adentran por ríos portugueses, para recuperar de nuevo la nacionalidad española, ya más crecidas, en los andaluces, murcianos y valencianos, y finalmente los catalanes, en cuyas desembocaduras se agolpan en grandes masas que los anguleros denominan "mareas". Estas "mareas" se forman en las noches de luna nueva desde octubre hasta marzo, y nadan río arriba alimentándose de animales de los fondos de los ríos y los lagos hasta que se convierten en anguilas de cuerpo de color negro verdoso y plateado, completando el ciclo. La anguila europea y la americana son muy similares entre sí salvo porque esta última tiene 107 vértebras contra 115 de la europea. Nunca se han encontrado angulas o anguilas americanas en nuestros ríos ya que, seguramente, morirían por los cambios de salinidad de las aguas.
Transcurridos entre 5 y 10 años de habitar en ríos y albuferas, sentirán una llamada extraña que les llevará de nuevo al Mar de los Sargazos, y vuelta a comenzar el ciclo. Hay unas 600 especies diferentes, incluyendo el congrio y la morena, agrupadas en unas 20 familias. La mayor parte de las especies miden menos de 1m. de largo, aunque hay congrios que alcanzan los 3 m y viven a profundidades de hasta 250m.
Las anguilas, a menudo, se venden vivas en los mercados, pues tienen densos sistemas capilares cerca de la piel, capaces de absorber oxígeno directamente del agua o el aire. La desembocadura del río Miño, es la principal zona de captura de esta especie, que es después transportada viva hasta viveros, para su posterior distribución y comercialización. Hace pocos años los japoneses entraron a saco en ese mercado, comprándolas vivas a pie de río para llevárselas al Japón, donde las soltaban en los arrozales con el doble propósito de convertirlas en anguilas y que. mientras, eliminasen a cierto parásito que daña las plantas de arroz y que parece ser alimento grato a las jóvenes anguilas.
Las virtudes de la angula radican en su textura y sobre todo, esa sensación mórbida, sensual, al notar entre nuestros dientes esos cuerpecillos resbalosos. Se sacrifican con hoja de tabaco y se hierven. Las angulas hay que tomarlas solas, en toda su provocativa desnudez, con los mínimos aderezos posibles sin mezcolanzas que desvirtúen el excitante choque con nuestro paladar, que es un placer sensual que va mas allá de lo puramente gustativo y gastronómico. Por eso, la mejor manera de prepararlas es de la forma tradicional, en cazuela de barro, salteadas con aceite, ajo y guindillas. Sólo apuntaría una fórmula capaz de estar al nivel e incluso superar a ésta, y es precisamente en ensalada.
Cuentan que a finales del invierno de 1977, en Eibar,
en el desaparecido Bodegón Restaurante Inaxio, su propietario, José Navas, gran aficionado a la pelota vasca, al término de uno de los partidos nocturnos se marchó con un grupo de espectadores y de pelotaris a su propio establecimiento. Abrió el bodegón a sus invitados, con la única condición de que no tuviera que utilizar los fogones, dado lo avanzado de la hora. Comenzaron a salir fuentes de jamón, lomo, queso, gambas cocidas y, milagro, de la recamara sacó medio kilo de angulas ya cocidas. Es aquí donde surge el genio de cómo prepararlas sin saltearlas al calor. Bastó aliñarlas con aceite, un chorrito de limón, unas gotitas de vinagre, una pizca de ajo picado… y espolvorearlo ligeramente con un poco de pimienta. Gustaron a rabiar aquella noche las angulas preparadas de tal guisa. Y así nació como un recurso tentador, convirtiéndose a la larga en una receta ya histórica de nuestra cocina.
Mediada la década de los 70 se compraban a los anguleros vivas a unas 600 Pta./Kg. y una vez en la pescadería llegarían a las 1.800. Cerca ya de los 80 duplicaron su precio, no tanto porque escasearan como hoy, sino porque la demanda crecía. Se pagaban 1.200 y 1500 Pta./Kg. y en 1996, el kilo en Madrid llegó a las 30.000 Pta., y a 50.000 el 24 de diciembre. Durante la primera semana de diciembre del pasado año, exactamente diez años más tarde, estaban a unos 700 € (116.470 Pta.), y por Nochebuena a casi 1.200€ (199.663 Pta.).